Los recientes ataques iraníes con misiles y drones sobre objetivos civiles y militares en el Golfo han puesto un freno abrupto a los intentos de acercamiento entre Teherán y varios Estados árabes, reforzando así la postura de desconfianza adoptada por Marruecos desde 2017. DR ‹ › Los recientes ataques con misiles y drones perpetrados por Irán contra objetivos civiles y militares en varios países del Golfo han interrumpido abruptamente el proceso de acercamiento iniciado en 2021 entre Teherán y algunas monarquías de la región. Este incremento de la tensión pone a prueba una estrategia de desescalada cuidadosamente construida en un contexto marcado por la reconfiguración de las alianzas en Oriente Medio. Desde el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán en marzo de 2023, bajo la mediación de China, y el posterior regreso de los embajadores de Emiratos Árabes Unidos y Baréin, la posibilidad de una normalización parecía tangible. Los Emiratos Árabes Unidos reabrieron su embajada en Teherán en agosto de 2022, seguidos por Riad y, más recientemente, por Manama en 2024, tras ocho años de ruptura. Estos movimientos respondían a una lógica pragmática: contener los riesgos de seguridad y proteger los intereses económicos. Este proceso de normalización tenía como objetivo reducir los riesgos de enfrentamiento directo, asegurar las infraestructuras energéticas y contener los conflictos indirectos, especialmente en Yemen. También reflejaba un reposicionamiento estratégico de las capitales del Golfo, interesadas en diversificar sus alianzas en un contexto de menor implicación estadounidense. Sin embargo, los acontecimientos desde el 28 de febrero han debilitado esta arquitectura diplomática. El anuncio de Abu Dabi de retirar a su embajador en Teherán es una señal contundente. Las demás capitales del Golfo mantienen por el momento una prudencia calculada, conscientes de los delicados equilibrios militares y energéticos en juego. Una postura constante desde 2017 En este panorama cambiante, la postura de Marruecos destaca por su consistencia. Rabat nunca ha apostado por un acercamiento con Teherán, privilegiando una visión de seguridad a largo plazo en lugar de un enfoque diplomático a corto plazo. Las relaciones diplomáticas con Teherán, rotas el 1 de mayo de 2018, no han sido restablecidas, a pesar de los intentos de mediación de Emiratos Árabes Unidos y Omán en noviembre de 2024 que no prosperaron. Esta constancia se inscribe en una estrategia más antigua. Desde 2017, en el apogeo de la crisis del bloqueo a Catar impuesto por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Egipto, Marruecos advirtió sobre la injerencia de «partes no árabes» que buscaban explotar las divisiones regionales. Una clara alusión a Irán, formulada en un comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores dirigido por Nasser Bourita. Rabat recordaba entonces su solidaridad histórica con las monarquías del Golfo, especialmente durante la guerra Irán-Irak (1980-1988). En la cumbre árabe de Fez en 1982, el rey Hassan II abogó por un apoyo político y financiero a Bagdad frente al Irán de Jomeini. Esta memoria diplomática sigue guiando las decisiones actuales. Marruecos ya había roto sus relaciones con Teherán en 2009 por solidaridad con Baréin. Luego, la ruptura de 2018, motivada por acusaciones de apoyo iraní —a través de Hezbolá— al Frente Polisario, ha moldeado duraderamente la percepción marroquí de la amenaza. Para Rabat, la cuestión iraní no solo se trata de un alineamiento con las monarquías del Golfo, sino de un asunto directo de seguridad nacional.