La final de la Copa Africana de Naciones (CAN 2025), el pasado domingo en Rabat, estuvo marcada por varios momentos de tensión. Aficionados senegaleses intentaron invadir el campo, jugadores senegaleses abandonaron el terreno de juego para protestar por un penalti concedido a Marruecos antes de regresar, y Brahim Díaz falló su Panenka. En los días siguientes, una avalancha de emociones inundó las redes sociales, entre ira, reproches y reacciones abiertamente racistas dirigidas tanto a los marroquíes como a los senegaleses. DR ‹ › Para entender mejor las dinámicas y el creciente clima de hostilidad en línea en torno a la final de la CAN 2025, Yabiladi conversó con Abderrahim Bourkia, profesor de sociología del deporte y los medios en el Instituto de Ciencias del Deporte de la Universidad Hassan I de Settat, y presidente de la Asociación Marroquí de Sociología del Deporte (MASS). ¿Cómo puede un partido de fútbol que termina en caos en el campo tener repercusiones amplificadas en las redes sociales y en la vida real? Un partido de fútbol que culmina en tensión o caos trasciende el ámbito deportivo. A menudo, se convierte en el catalizador de una dinámica social más amplia que se extiende a los medios, las plataformas digitales y las interacciones cotidianas. El fútbol actúa como un amplificador simbólico de las emociones sociales. En África, donde ocupa un lugar central en el imaginario colectivo, cualquier alteración en el campo, ya sea una decisión controvertida, una derrota o un incidente violento, puede ser reinterpretada como algo más que deporte. Se transforma en una metáfora de la injusticia, la humillación o el fracaso colectivo. En este sentido, el partido no concluye con el pitido final; continúa a través del discurso. ¿De qué manera las redes sociales alimentan esta dinámica? Las redes sociales desempeñan un papel crucial en este proceso. Actúan como aceleradores emocionales, donde imágenes, fragmentos y interpretaciones circulan sin contexto, fomentando reacciones instantáneas en lugar de reflexión. Los algoritmos priorizan la indignación, la exageración y la confrontación, convirtiendo hechos aislados en símbolos de antagonismos nacionales, étnicos o culturales. Es crucial estar conscientes del potencial destructivo de las redes sociales. Es aquí donde emergen el discurso de odio y el racismo. Una vez que el evento deportivo se enmarca en términos de «nosotros contra ellos», la frustración se dirige hacia enemigos imaginarios. Jugadores, árbitros, aficionados e incluso naciones enteras se convierten en objetivos. Las noticias falsas y los relatos manipulados refuerzan esta lógica al ofrecer explicaciones simplificadas para situaciones complejas, basadas en estereotipos o teorías conspirativas. Este fenómeno refleja una crisis más amplia del pensamiento crítico en la era digital. Los insultos en línea, el discurso racializado y el lenguaje deshumanizante normalizan progresivamente la agresión. En algunos casos, esta violencia simbólica se traslada al espacio físico: acoso, amenazas, enfrentamientos callejeros o comportamientos discriminatorios. El incidente en el estadio se convierte así en un pretexto para expresar frustraciones sociales más profundas relacionadas con la identidad, la exclusión y el reconocimiento. ¿Qué nos enseña esto sobre el fútbol y la forma en que lo interpretamos? Estas dinámicas revelan la doble naturaleza del fútbol. Por un lado, es un espacio de cohesión social, emoción colectiva y pertenencia compartida. Por otro, cuando no está bien gestionado por instituciones y medios, puede convertirse en un reflejo de tensiones sociales y un catalizador de conflictos. El problema no es el fútbol en sí, sino cómo se narra, se instrumentaliza y se consume. Aquí, la falta o el debilitamiento del civismo puede llevar a la violencia. La responsabilidad no recae solo en los aficionados, sino también en otros actores, como medios, influenciadores, instituciones educativas, culturales y deportivas. Su papel debería ser contextualizar los eventos, desactivar las emociones y promover una cultura de pensamiento crítico. Sin esto, el fútbol corre el riesgo de pasar de ser un espacio de rivalidad simbólica a un factor de división social. La manera en que una sociedad reacciona a un partido de fútbol nos dice mucho sobre su relación con la diferencia, la emoción y la identidad colectiva. El deporte no crea las tensiones sociales; las revela. Y la forma en que se gestionan estas tensiones determina si el fútbol se convierte en una fuerza de cohesión o en un detonante de conflicto. ¿Cómo puede el fútbol ayudar a comprender cómo las sociedades gestionan sus emociones, la violencia y el comportamiento colectivo? No puedo evitar pensar en una obra fundamental de los sociólogos británicos Norbert Elias y Eric Dunning, «Deporte y civilización». Elias y su colega conceptualizaron el proceso de civilización como un desarrollo histórico a largo plazo en el que las sociedades regulan progresivamente el comportamiento humano a través de redes interdependientes de restricciones sociales, normas y controles emocionales. En el contexto del fútbol, esta perspectiva ilumina cómo el deporte ha evolucionado de juegos informales, a veces violentos, a nivel de calle a ligas profesionales altamente organizadas y codificadas que reflejan procesos más amplios de regulación social. Elias y Dunning también elaboraron sobre la relación entre el deporte y la gestión emocional. El fútbol, como actividad competitiva y emocionalmente intensa, sirve como medio para socializar a jugadores y espectadores en expresiones aceptables de agresión, rivalidad y emoción colectiva. En los estadios de fútbol marroquíes y africanos, el proceso de civilización es evidente en la regulación progresiva del comportamiento, la profesionalización del arbitraje y el establecimiento de ligas formales y organismos de gobernanza. Mientras que el fútbol de calle y los partidos informales a menudo implicaban confrontaciones físicas directas, las ligas contemporáneas, tanto nacionales como continentales, operan bajo reglas estrictas, medidas de seguridad y códigos de conducta que ejemplifican el principio de interdependencia social y control conductual de Elias.