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Historia: En Al-Ándalus, una ciudad musulmana dio origen a Madrid
Publié dans Yabiladi le 12 - 08 - 2025

Madrid es ampliamente conocida por ser la actual capital de España. Pero antes de eso, fue erigida como ciudad musulmana por los gobernantes omeyas de Al-Ándalus, a partir del siglo IX. Esta edificación y la organización social que de ella surgió son todavía poco reconocidas, pero restos arqueológicos y escritos históricos las documentan. En ellos se encuentra, en particular, un espacio donde musulmanes, cristianos y judíos convivieron durante siglos.
Hoy en día, resulta difícil imaginar a Madrid como una ciudad musulmana amurallada. Sin embargo, así fue como la actual capital de España comenzó a tomar forma durante el califato andalusí a partir del siglo IX. Los Omeyas, que gobernaron el mundo musulmán desde Damasco entre 661 y 750, y posteriormente Al-Ándalus de 756 a 1031, ordenaron la construcción de esta fortaleza en 865, supervisándola de cerca. Durante los primeros 220 años de su existencia, la ciudad se convirtió en un punto de encuentro para musulmanes, judíos y cristianos, hasta que fue capturada por la realeza cristiana durante la Reconquista (722-1492).
En aquel entonces, la ciudadela era conocida como «Majrit» o «Maŷrīṭ», debido a sus abundantes recursos hídricos. María Jesús Viguera Molíns, miembro de la Academia Real de Historia de España y colaboradora de la Fundación para la Cultura Islámica (FUNCI), ha dedicado gran parte de su trabajo a documentar las diversas etapas de esta ciudad originalmente musulmana, utilizando fuentes árabes. Ella destaca que la primera mención de la ciudad aparece en los escritos del cronista Ibn Ḥayyān (fallecido en 1076), quien cita a su predecesor Razi (fallecido en 955).
Los registros indican que el castillo de Madrid era una de las muchas infraestructuras imponentes cuya construcción fue ordenada por el emir omeya Muḥammad I (852-886) «para los habitantes de la frontera de Toledo». La obra monumental se inició en un contexto de intensa actividad de construcción y fortificación en las áreas fronterizas de Al-Ándalus, con el objetivo de repeler incursiones. En el siglo IX, esta preocupación era constante para los emires, especialmente porque la península ibérica estaba siendo recuperada por los cristianos, hasta la caída de Granada en 1492, que puso fin a ocho siglos de dominio musulmán.
Refuerzo de una zona fronteriza en Toledo
La fundación de la ciudad tenía como objetivo consolidar el poder de Córdoba en esta región fronteriza y poco poblada, y enfrentar la constante insubordinación de Toledo y las incursiones asturianas, explica Daniel Gil-Benumeya, coordinador científico del Centro de Estudios del Madrid Islámico (CEMI) y profesor de estudios árabe-islámicos en la Universidad Complutense de Madrid. En su artículo «El Madrid andalusí, entre historia y memoria», el investigador sugiere que podría haber existido una fundación anterior a 865.
Según él, el desarrollo urbano de Muhammad I habría concluido antes de 871. Ibn Hayyan describe a «un rebelde toledano» llamado Masuna o Masiya, interceptado y asesinado ese año en Madrid «por quien pudo haber sido el primer guardián de la ciudad: 'Ubayd Allāh b. Sālim». Otras hipótesis atribuyen la fundación de la primera fortificación (ḥiṣn) de Madrid a «uno de los muchos rebeldes del emirato o a la iniciativa del clan bereber de los Banū Sālim, asentado en la Marca Media, al cual podría estar relacionado el apellido del mencionado 'Ubayd Allāh b. Sālim». Las crónicas del califato «habrían atribuido más tarde la fundación a los Omeyas».
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No obstante, «la preexistencia de una supuesta colonia visigoda es un tema recurrente, a pesar de la ausencia de pruebas documentales o materiales», precisa Daniel Gil-Benumeya, refiriéndose a una hipótesis de Jaime Oliver Asín (1959), que este último terminaría por abandonar. En cualquier caso, las investigaciones sugieren que «las únicas indicaciones de un hábitat anterior» provienen del período islámico. Sin embargo, las características del santuario de Madrid siguen siendo objeto de conjeturas, ya que los restos fueron destruidos entre los siglos XVI y XX. Los datos más recientes describen «un recinto fortificado de aproximadamente cuatro hectáreas, lo que sitúa a Madrid al mismo nivel que pequeñas ciudades de la Marca Media como Calatrava, Zorita de los Canes y Alcalá».
En cuanto al refuerzo de las murallas, es rastreado por Ibn Ḥayyān y retomado por al-Ḥimyarī en el siglo XV. Relata que durante excavaciones del foso exterior de la muralla, se descubrió una tumba imponente de unos veinte metros. La muralla tiene «al menos dos puertas, que han sobrevivido hasta la época moderna». El geógrafo y viajero marroquí Charif Al-Idrissi también dedicó una parte de su emblemático «Libro de Roger» (Tabula Rogeriana, o Nuzhat al-mushtāq fi'khtirāq al-āfāq) a la descripción del Madrid castellano que conoció. Publicado en 1150, esta obra sitúa «la mezquita principal donde el sermón se pronuncia regularmente» cerca de una de estas entradas.
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Una influencia cultural que no ha revelado todos sus secretos
En esa época, la mezquita servía como iglesia de Santa María, o la iglesia de «Almudena», debido a su proximidad con la antigua ciudadela musulmana. Las investigaciones también atestiguan que Madrid contaba con cuatro zonas fuera de las fortificaciones (extra-muros). Tres de ellas estarían relacionadas con la urbanización que marcó los siglos X y XI. La última, en la colina de la Vistilla, sería contemporánea o ligeramente anterior a la construcción del corazón de la ciudadela. En los alrededores de la plaza de la Cebada, un cementerio habría servido a los habitantes entre los siglos IX y XV, en la época mudéjar.
Más que un bastión militar, Madrid se revela así como una verdadera «medina» que experimentó un desarrollo administrativo y urbanístico considerable, bajo el dominio musulmán, y luego durante los primeros años de la realeza cristiana. En este sentido, Charif Al-Idrissi la califica de «pequeña ciudad y fortaleza próspera y bien defendida», rica en su irradiación intelectual y su auge económico. Tuvo su qadi, su gran mezquita, una veintena de ulemas y numerosos eruditos o científicos cuyos nombres están vinculados a la ciudad, como el matemático y astrónomo Maslama al-Maŷrīṭī, fallecido en Córdoba hacia 1007. En cuanto a los restos descubiertos hasta ahora, atestiguan la importante actividad agrícola local, así como una organización del trabajo en el textil, además de una destacada actividad de alfarería.
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Hasta entonces fuerte por el poder militar de los gobernantes omeyas, esta organización social será sin embargo sacudida por la reconquista cristiana, que la aleja cada vez más de las zonas de influencia musulmana en la península ibérica. La toma de Madrid se lleva a cabo ya en el siglo XI, más de 300 años antes del final del dominio musulmán de Al-Ándalus en 1492. Artífice de la conquista de Toledo en 1085, el rey Alfonso VI de León (1065-1109) se apodera del territorio para convertirlo en una ciudad castellana y cristiana. Sin embargo, esta sigue marcada por su diversidad cultural, al haber contado con una amplia comunidad mudéjar, y luego mora, durante casi cinco siglos.
En otro de sus artículos dedicados al legado musulmán de Madrid, Daniel Gil-Benumeya estima que esta presencia se extendió incluso a lo largo de 700 años, con la afluencia de moriscos deportados o reducidos a la esclavitud procedentes de Granada. «Otras formas de presencia musulmana o cripto-musulmana perduraron más allá, tales como esclavos de origen musulmán, exiliados, rehenes, renegados y embajadores», explica en «Los musulmanes en las calles de Madrid».
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Ph. Daniel Gil-Benumeya
Sin embargo, estas huellas históricas han sido poco conservadas, en un contexto donde «la visión dominante en España, anclada en la época medieval y consolidada en el siglo XIX, ha considerado la identidad islámica como extranjera y hostil y la 'Reconquista' como el gran mito fundador de la nación». Proponiendo un relato más documentado, el investigador subraya que la componente musulmana tuvo más bien una dimensión cultural. Se refleja en la toponimia urbana de Madrid, se encuentra en los nombres registrados desde el siglo XIX, o incluso en las leyendas que vinculan ciertos emplazamientos de calles a la presencia islámica.


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