En Casablanca, Ignacio Ramonet cautivó a su audiencia al hablar sobre la revolución silenciosa que representa la inteligencia artificial para el periodismo, comparando su impacto con el de la imprenta de Gutenberg. En un mundo donde las certezas tambalean, él cuestiona: ¿qué sucede con la verdad cuando las máquinas participan en el razonamiento humano? DR ‹ › En lugar de los salones elegantes de un hotel en Casablanca, el equipo del diario Al Bayane eligió un escenario más simbólico para su encuentro: el corazón de la Fundación de la Mezquita Hassan II. Desde las amplias ventanas del anfiteatro se podía admirar la imponente mezquita. En el interior, los murmullos se desvanecieron, dando paso a un silencio expectante ante la intervención de Ignacio Ramonet, quien regresaba a su país adoptivo tras años en Europa y América Latina, donde había estado en contacto con líderes de izquierda en países como Cuba y Venezuela. Este miércoles 15 de abril en Casablanca, el veterano periodista de 83 años no se presentó para ofrecer una conferencia más, sino para subrayar el peligroso y fascinante cambio que estamos viviendo, uno de esos cambios que transforman las sociedades de manera silenciosa hasta que todo se hace evidente. De Gutenberg a la inteligencia artificial: una misma revolución Aunque el tema parecía conocido —el desafío del periodismo ante la inteligencia artificial y la búsqueda de la verdad—, Ramonet rápidamente se distanció de los tópicos habituales. Rechazó centrarse en el presente inmediato y prefirió adoptar una perspectiva histórica. Según explicó, lo que estamos viviendo no es una simple evolución tecnológica, sino una ruptura comparable a la provocada por Johannes Gutenberg en el siglo XV. La industrialización de la escritura transformó las sociedades entonces, y ahora asistimos al inicio de la industrialización del razonamiento mismo. El paralelismo es inquietante. Cada transformación en las herramientas de comunicación trae consigo un cambio político. La imprenta precedió al auge de la prensa, y esta, a su vez, alimentó sociedades en movimiento. La Revolución Francesa no habría sido la misma sin la efervescencia de ideas impresas, difundidas y debatidas. Luego, todo se aceleró. El telégrafo comprimió el tiempo, la fotografía cambió la percepción, y la electricidad abrió el camino a la radio y posteriormente a la televisión. Cada innovación desplazó los límites de lo que consideramos real. Ramonet insiste en que los medios de comunicación de masas no surgieron de la nada. Durante mucho tiempo, la prensa fue un medio de opinión, reservado a una minoría letrada. No fue sino hasta después de la década de 1950 que la noción de «masa» adquirió su significado contemporáneo. En este contexto, dos obras sentaron las bases para una comprensión más precisa de la «opinión pública», un concepto que no existía antes de Walter Lippmann y su obra publicada en 1922. Luego vino Edward Bernays con "Propaganda". Estos dos libros fundamentales allanaron el camino hacia algo más inquietante: la fabricación del consentimiento, como titularían Noam Chomsky y Edward Herman en 1988. En esta historia, nada es abstracto. El nazismo, recuerda Ramonet, se inscribe en esta dinámica. Adolf Hitler y su régimen comprendieron muy pronto el poder de la radio, un medio emergente en los años 30 capaz de hablar a cada uno mientras hablaba a todos. "Propaganda" era, de hecho, el libro de cabecera de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de la Alemania nazi. Cuando las máquinas comienzan a pensar Así, cuando Ramonet habla de nuestro presente, no cede ni a la fascinación ni al pánico. Observa y señala que el miedo a la vigilancia, tan a menudo agitado, oculta una realidad más simple: somos nosotros quienes nos exponemos. Nuestros smartphones, nuestras redes sociales y nuestra fascinación por la sociedad del espectáculo, parafraseando a Guy Debord, nos convierten en millones de pequeños hermanos al servicio del Gran Hermano. Ignacio Ramonet describe un mundo tanto orwelliano como huxleyano, sin necesidad de mencionar a George Orwell o Aldous Huxley. Un mundo donde el control no se ejerce solo mediante la coerción, sino también a través del consentimiento e incluso del placer. La búsqueda de la verdad: un paréntesis en la historia del periodismo Y luego está esta idea, que parece ir contra la corriente: hemos entrado en una era post-mediática. La televisión, antaño el centro del mundo, está en declive. El canal más visto en Estados Unidos ya no es CBS o NBC, sino YouTube. El centro se ha disuelto. En este paisaje fragmentado, sacudido por las innovaciones tecnológicas con la inteligencia artificial a la vanguardia, el periodismo tambalea. Ramonet habla de un tránsito del periodismo «antes de la verdad» (la época anterior a las dos Guerras Mundiales) al periodismo de «post-verdad». Como si, finalmente, la rigurosa búsqueda de la verdad no hubiera sido más que un paréntesis en la larga historia de la información. La sala, en silencio, escuchaba. Quizás cada uno medía confusamente lo que eso implicaba: no el fin del periodismo, sino el fin de sus certezas. Afuera, Casablanca seguía su curso. Las luces se encendían una a una. El muecín de la mezquita Hassan II llamaba a la oración del Magreb. Y en esta ciudad abierta al mundo, quedaba en el aire una pregunta: ¿qué le sucede a la verdad cuando las máquinas aprenden a pensar por nosotros?