Najma Gran (NAJ), artista franco-marroquí, encuentra su inspiración musical en sus raíces marroquíes, fusionando pop, R&B y sonidos orientales. Rechazando los estereotipos, forja su propio camino entre Francia, Marruecos y Estados Unidos, celebrando la riqueza de su herencia a través de temas como «Wa Hya Lala» y «Oulala Oun'tala – La vida en rosa». Retrato. DR ‹ › La música ha sido un hilo invisible pero constante en la vida de Najma Gran, marcando cada etapa de su existencia. Antes de que subiera a un escenario o ingresara a un estudio de grabación, la música ya había dejado su impronta en sus recuerdos de infancia. Durante los veranos en Marruecos, cuando la familia se reunía para celebrar la simple alegría de estar juntos, la música se convirtió en una parte esencial de esos momentos. Para Najma, la música narra las cosas simples pero fundamentales de la vida. Nacida en Poissy, en las afueras de París, Najma creció con la otra orilla del Mediterráneo siempre presente en su imaginación. Sus raíces están profundamente arraigadas en Marruecos: su padre es de Taroudant, y su madre tiene vínculos en Fez y Houara, cerca de Taroudant. Este legado lo lleva con orgullo y naturalidad. Los viajes en coche entre Casablanca y Agadir, las visitas a sus tías, los cumpleaños familiares y las veladas donde la música y las conversaciones se extendían hasta el amanecer, son escenas que han moldeado su conexión con la tierra de sus ancestros. Un viaje musical anclado en la infancia Entre sus recuerdos más preciados, las «Sadaqat» organizadas por su madre en casa de su abuelo tienen un lugar especial. «Los 'Talaba' venían a recitar versos del Corán y a cantar alabanzas. Estas voces me marcaron profundamente», confiesa a Yabiladi, recordando el impacto duradero de esos momentos en su joven alma. Antes de convertirse en NAJ, ya era prolífica: llenaba cuadernos con poemas e historias, pasaba horas cantando sola en su habitación, inspirada por los artistas que admiraba. Hasta que un día, las canciones que tarareaba dejaron de ser ajenas y comenzaron a ser propias. «Ya componía melodías en mi cabeza, e incluso escuchaba los arreglos musicales», cuenta con orgullo. Aunque en algún momento consideró el conservatorio, Najma finalmente optó por un camino autodidacta. Se formó en línea en composición musical, experimentó, y tomó algunas clases de solfeo y canto. Su talento natural para el ritmo y la armonía pronto se hizo evidente. Una convicción se impuso: «A veces, uno se despierta con la sensación de estar forzándose a ser alguien más. Para mí, esa señal interior era clara: la música no era solo una pasión, era mi camino». De este encuentro íntimo consigo misma nace un universo artístico donde sus dos culturas se entrelazan. «Estoy orgullosa de llevar los colores de Marruecos. Aunque nací en Francia, porque mis padres emigraron allí para trabajar, Marruecos vive en mí.» Una voz enraizada en su herencia Su música refleja esta doble identidad, fusionando pop y R&B con sonidos orientales. El dialecto marroquí ocupa un lugar central en sus canciones. Temas como «Tanga», «Blad Bladi» y «Ghorba» son testimonio de este vínculo inquebrantable con Marruecos, presente en cada una de sus creaciones. Sin embargo, sus inicios en la industria musical francesa le revelaron ciertos límites. «Los artistas de origen magrebí a menudo están encerrados en estereotipos que no reflejan su verdadera identidad», explica. Rechazando estos clichés, Najma elige trazar su propio camino, que la lleva a Miami, donde colabora con profesionales de la escena musical estadounidense. Algunas historias personales permanecen en el corazón de su inspiración, como la de su abuela materna, a quien dedicó la canción «Wa Hya Lala». Aunque nunca la conoció, su presencia sigue viva en sus sueños. «Siempre escuché que mi abuela cantaba y componía canciones en las bodas. La apodaban 'la bella rubia de Fez y Zerhoun'.» El arte está presente en su familia, pero a menudo de manera discreta. Su tío, pintor en Taroudant, expone sus obras en casa sin buscar reconocimiento público. Najma, por su parte, decide compartir su arte con el mundo, integrando algunas de sus pinturas en el proyecto relacionado con «Wa Hya Lala». Una carrera en movimiento En 2018, recibe el título de «Embajadora de la Paz» durante el Festival Ibn Battuta en Tánger, una distinción que la conmueve profundamente. Desde 2012, navega entre Francia y Marruecos, construyendo puentes culturales a través de su música. Canciones como «Africa», «Tanga» y «Yallah Yallah» llevan este mensaje de unión. El último capítulo de su trayectoria se abre con «Oulala Oun'tala – La vida en rosa», nacido durante la pandemia de COVID-19, realizado con el artista nigeriano Pekeys Pepe y filmado en Dakar. Es su primera obra completamente cantada en dialecto marroquí. Hoy, NAJ continúa su carrera con numerosos proyectos en preparación, incluyendo canciones nacionales que está a punto de revelar. Para ella, la música es una verdad interior que guía cada uno de sus pasos.